sábado, 3 de enero de 2009

Economía - La Paradoja de Friedman


Sobre la Ética y la RSC Como Nuevo Paradigma de la Gestión Empresarial

Cuando uno habla de la Responsabilidad Social Corporativa (RSC), a menudo la gente entiende por ésta algo así como filantropía, ecologismo o voluntariado corporativo, obviando el motor de cambio que la Responsabilidad Social de la Empresas implica para las compañías que ponen en marcha estas estrategias de gestión. Es por ello también por lo que Milton Friedman cuestionó la misma en 1970, en un artículo publicado en el New York Times, en el cual afirmaba que la única responsabilidad de la empresa es maximizar los beneficios para sus accionistas, confiando en que de esa forma, se beneficie al conjunto de la sociedad. Milton Friedman, ferviente defensor de la metáfora de Adam Smith acerca de la mano invisible del mercado, llegaba incluso a calificar como "subversivas" todas aquellas acciones que se engloban dentro de la responsabilidad social de las empresas. Para Friedman, los únicos referentes que debían guiar el devenir empresarial, eran la ley y la ética. Que no es poco, por cierto. Algo de esta última les hubiera venido muy bien a los genios de las finanzas que nos han metido en el atolladero que nos encontramos desde mediados del 2008.

Lo que ocurre es que actualmente las empresas afrontan una economía de redes en la cual el éxito o fracaso de su actividad productiva está condicionado por múltiples actores o grupos de interés (también llamados stakeholders en la literatura anglosajona). Estos grupos de interés son aquellos agentes dentro de un sistema económico, que pueden afectar a la actividad de una empresa o verse afectados por la misma. Los hay con derechos legalmente establecidos, como las administraciones públicas, los clientes, los proveedores, los accionistas o los socios financieros de una compañía, o los hay, quienes sin tener estos derechos, puede afectar a una empresa con sus actitudes, como las ONG´s, comunidades locales o medios de comunicación.

Parece bastante obvio que una empresa no puede gestionar todos los grupos de interés a la vez y de la misma forma, por lo que tendrá que ser capaz de priorizarlos, medir su legitimidad, impacto y urgencia, para actuar en consecuencia. Para una empresa de telefonía móvil el cliente es crítico, por ejemplo, ya que la penetración de dichos aparatos en nuestro mercado nacional roza el 95%, y la única manera de ganar cuota de mercado es no perdiendo clientes y robando alguno a la competencia. Para una inmobiliaria, es posible que su stakeholder fundamental ahora sean sus socios financieros, ya que las deudas contraidas con éstos pueden suponer su suspensión de pagos. Sin embargo, hace unos meses posiblemente lo fueran las administraciones públicas, ya que eran las que podían suministrarles suelo. La dimensión temporal de los grupos de interés complica y mucho las vicisitudes que afrontan las empresas en esta economía de redes que vivimos.

Ante este panorama, gestionar la empresa bajo la única perspectiva de maximizar el beneficio para el accionista, parece una irresponsabilidad, por cuanto éste va a depender de múltiples agentes. La RSC trata de dar respuesta a ello a través de la denominada teoría de los stakeholders. Se trata de orientar a la empresa a la sociedad y, por lo tanto, hacia sus grupos de interés. La empresa es eficaz y eficiente cuando es capaz de poner en una balanza los distintos objetivos de sus stakeholders y actuar en consecuencia. Sólo de esa forma se puede garantizar la sostenibilidad de un negocio desde un punto de vista económico, social y medio ambiental. Ninguna empresa puede sobrevivir viviendo de espaldas a la sociedad en la que se desenvuelve, y menos en la era de la información.



La RSC supone, por lo tanto, un nuevo paradigma en la gestión empresarial bajo el cual no se pone en tela de juicio la primera responsabilidad de la empresa, que es la económica, pero sí que pone de manifiesto la importancia del cómo se consigue la misma. La RSC no es ética ni moral, pero incluye a ambas en su ideario. No es ecologismo ni filantropía, pero sí que implica incluir criterios sociales y medio ambientales en la gestión empresarial. No se cuestiona la maximización del beneficio para el accionista, pero sí que éste sea el único objetivo organizacional para una empresa que sobrevive en la complejísima economía de redes en la que las compañías se desenvuelven. Aquellas empresas que satisfagan mejor a sus stakeholders, gozarán sin duda de una mayor reputación, la cual según se desprende de múltiples estudios, incide en el valor de mercado de una compañía y en la satisfacción (y lealtad) de un cliente. Y eso es lo que estoy tratando de analizar en mi tesis doctoral, si realmente esa relación se cumple siempre o no.

Lo curioso de este año 2008 que hemos dejado atrás es que empresas como Lehman Brothers, Fannie Mae o Freddie Mac se han empeñado en hacerme el trabajo sin necesidad de desarrollar el complejo sistema de ecuaciones estructurales que me trae de cabeza desde hace unos meses.
Bajo la premisa de la maximización del beneficio, se cuentan por miles los accionistas y ahorradores que este último año han sido perjudicados por una conducta, cuando menos inmoral e irresponsable, de diferentes actores dentro de nuestro sistema económico. Y esa mano invisible del mercado, aquella misma en la que confiaba Friedman, se está traduciendo en tasas de desempleo inasumibles, recesiones latentes o ya activas y una sombra alargada llamada deflación.


Curiosamente, los mejores bancos españoles en todas las memorias de sostenibilidad, el Santander (vamos a obviar lo de Madoff) y el BBVA, son de los mejores parados de toda esta crisis financiera del año 2008 y los que posiblemente han logrado dar la mayor rentabilidad a sus accionistas en medio de esta tormenta. Decía Einstein que Dios no jugaba a los dados. Y yo estoy de acuerdo. Tanto como con una idea que me ronda la cabeza: aquellas empresas más orientadas a la sociedad, son también más rentables para sus accionistas, lo cual sin duda, supone una auténtica paradoja de las ideas de Milton Friedman.

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